La Locura es de Jamón


La Locura es de Jamón

La estulticia es un limón:
violáceo en su centro,
 aguacate por fuera
y su semilla es migajón.

La zanahoria es coliflor:
verdeante como el hielo,
 mazapán su tela,
y una pepita de licor.

La demencia es un melón,
de alcachofas el cielo;
la Luna es roquefort
y ya manchego el suelo…

La cordura es un condón,
y la locura… ¡por favor!

A Las Faldas de la Vida


A Las Faldas de la Vida



No sé,
si sea generalidad,
pero pienso que no
porque no parece serlo
al juzgar las actitudes
mayoritarias de la gente...

Y no obstante, las semejanzas
que todos compartimos
me siembran la sospecha
(o acaso fuera mero instinto),
de que es certero lo que creo...

Y si luego así aquello fuere,
de esto me derivan otras dudas:
si es que aquello no lo saben
o si lo entienden 
pero no lo quieren,
aunque, francamente, me lo antojo
ya más como que no se atreven;

pues es absurdo rechazar
cualquier conveniencia propia:
aunque tal ya se haya visto
en los anales de la historia;

mas lo que pienso es diferente,
pues no logro inferir clave alguna
que justifique no desear lo supuesto;
de otro modo, sería esto
un mundo de héroes...

Y a pesar de las preguntas
que me nacen por intriga,
esto no me angustia ni me turba,
conque exactamente lo que explico 
evita que esto me suceda...

Así,
sin más suspenso en la palabras,
digo que el secreto en lo anterior
(que quizá ya no lo sea si se sabe),
es que de pronto un día descubrí
que la vida se hace vida en realidad,
realmente se hace justa vida ésta,
ante una absurda epifanía
pero cierta en su ironía:

la vida se hace a sí solamente
al despojarle plenamente
de su valor sobreestimado:

a la vida, como todo por aquí,
hay que tomarla desnuda
y amarla luego así, como es,
no como se pretende que sea,
no ataviándole de adornos ni vestidos:

a la vida hay que arrancarle las faldas
y violarle toda regla y toda norma,
obligarle de tal forma
que ya termine por amarte
por ser aquel que le denigra,
quien le desprecia y le deprecia,
y que sólo así comprenda
que tu odio lujurioso
viene de un amor
que hubiste pretendido
mas nunca fue correspondido...

Y es que la vida vale igual
que un aire pasajero
o el haz perdido de un lucero...

Aprendemos a vivir,
al desprendernos de su quid…

Esto lo descubrí,
de pronto un día así,
pero tengo la sospecha
que ya desde antes lo sabía...

El Falso Atisbo del Ser


El Falso Atisbo del Ser


De aquel penta-conjunto
de mis sentidos perceptivos
que el derredor advierten,
aborrezco el del atisbo
por ser el único absoluto:
al instante informativo
de colores y figuras,
dimensiones y motivo,
de distancias y su alcance,
y lo demás afuera mío…

Y por ello le detesto:
por ser así preciso,
y opacar al resto luego:

entonces gana el albedrío
de evidencia inexpugnable
que sentencia todo juicio
de mi duda y de mi angustia,
pues de tal es que me fío
y ya obedece el pensamiento…

Mas el mundo es un olvido
que nos viene ante la muerte,
y la belleza es un castigo
que nos venda y ciega el alma
con que vemos lo bellido
que es real, también que cierto,
pues ya trasciende si morimos…

La hermosura de la carne
es la piel en que nacimos,
un defecto en nuestra forma
y no algún logro que adquirimos,
mas el ego nos hinchamos
cuando una voz a nuestro oído
nos repite en dulce tono
que es de dios un cuerpo fino,
y sin embargo es más imbécil
quien se asombra a lo sabido…

Si tan sólo lo bello se escuchara
u olfateara en el camino,
los ojos no serían estorbo
para alcanzar un amorío
de lealtad y convicciones
en vez de buscar el sexo tibio
para llenar nuestro vacío
de vivir mientras morimos…

El amor no es un destino
que nos viene al exigirlo,
y la vida no es camino
sino un ser que está perdido…

Y, ¿la belleza…?

Si la visión estorba,
la beldad nos sobra…

¡Deja que tu razón
se fíe de la visión!
Mas ten claro, por favor,
que tu humilde corazón,
¡posee su propia voz!

El amor no es una aparición,
ni un estigma de dolor,
ni un deber a tu control:
es algo más simple
y mucho menor:
El amor… es un querer…
y el querer es una entrega,
libre en su fervor,
sin secretos, ignoto de honor…

No…
No confundas…

Lo bello es mera visión,
y el amor…
eso solamente es decisión…

No Eres Perfecta


No Eres Perfecta

No eres perfecta…
Lo digo para que lo sepas,
y lo repito para que entiendas
que NO ERES PERFECTA…

Ni en el talle de tu silueta,
ni por tus maleables caderas…

No…
Ni hoy eres ni luego seas,
esa imagen con que te vendas,
pues NO ERES PERFECTA.

Ni por tus labios violeta,
o el elixir que secretan
cuando a mi boca se le acercan
y le avasallan si le besan…

No, mujer,
No eres ya perfecta…

Y que te quede en la cabeza:
NO-ERES-PERFECTA,
o siquiera lo eres cerca…

Y si mis rimas te lo versan
repitiéndolo bien tercas,
así aunque parezca
que lo digo como afrenta,

no es aquello lo que avientan,
si no contrario a lo que piensas,
conque decir que eres perfecta,
sería falacia en do pretenda
mantener tu alma quieta
con mentira y no certeza
que sólo a tu ego le acrecienta,

pero el orgullo es mera cera
que nos atrapa aquella esencia,
que desde el día en que nacieras
será tu núcleo hasta que mueras.

Mas el día en que tú le enciendas
y licuefagas tu soberbia,
entenderás que la apariencia
 es un deber y no querencia…

¡NO-ERES-PERFECTA!,
ni nadie ya siquiera.

Te lo digo hasta que duela
para que tu mente ya lo tenga
y que hoy aquí comprendas,
que lo que amo y me interesa
no son las ínfulas que creas,
sino tu alma y quintaesencia,
de verte humana insatisfecha,
errática, que tropieza,
sin tener en la conciencia
ese deber que te amedrenta
y que te urge a ser perfecta
para acallar lo que otros piensan,
pues así, no al cielo tu elevas,
sino que aquello es la vergüenza
de no querer ser imperfecta,
pero has de darte cuenta
que las diosas no presentan
necesidades o demencias;
pero a nosotros, esa urgencia,
a nuestra cama le calienta,
y si aquellas son eternas,
si no hay amor que les pretenda,
lo perfecto es su condena…

Amor,
lo perfecto que tú sueñas,
deduciéndolo con prueba,
y ya mis rimas lo comprueban,
es que, ¡no eres ni serás perfecta!
y que es absurdo que lo quieras,
pues siendo así tan imperfecta,
perfecta a mí, por donde veas
e inmarcesiblemente bella,
tú, mi amada imperfecta…

CORAJE

Coraje

Atreverse es la clave
del éxito en la vida;
lo demás es meramente
un conjunto de pretextos...

Es con determinación
Que se vencen los miedos
acaecidos de la idea
que imagina a los fracasos
como muy posibles
al resultado de tal ingenio...

No nos basta la visión,
ni la creatividad, ni el don,
ni las virtudes o talentos,
si no existe aquel valor
de encarnar lo que se crea
o se proyecta por la mente...

Luego es más valioso
el sujeto valeroso
que cualquiera talentoso...

Las ideas son vapores
que deben solidificarse
antes que se vuelvan humo...

Triunfamos en la sociedad
por indiferencia hacia el recato,
pues el temor ante el error
viene justo de las lenguas
de las víboras comunes
que en su veneno
contagian ese miedo
por envidia de no poder
ellos mismos aquello superar...

La valentía ante el mundo
no es sino la firme creencia
en nuestra locura preciada
que nos hace originales
y a nuestras razones únicas...

Ten el coraje suficiente
en saber que no se trata
de la aceptación ajena
hacia tu iniciativa,
sino una aportación plena
a los anales de la historia...

¡Atrévete y serás leyenda!
¡Acobárdate y nada serás!

¡Asegura la valía
de tu ser
en el universo vasto!
¡Dale una razón
a esa vastedad
para llorarte
cuando llegue el día
en que te haya de perder!

¡Sé valiente!

¡Ten la osadía
de creerte mucho más
y no *algunotro* más
entre los demás
amedrentados y en rutina!

¡Tú vales!
¡Créelo cierto!
¡Tus pensamientos
Tienen peso propio!

¡La materia es plástico
y tu ser puro fuego!

¡Es verdad,
te lo juro!

Es de la locura
que devienen los cambios
en que se advierte el progreso
de nuestra raza humana...

No se vence lo que no se enfrenta
ni se conquista por querella ausente...

Las heridas sangran
para que en cicatrices queden las marcas
como prueba de tu esfuerzo.

¡No te confundas, hombre!
La reputación no es un estigma
pero una mutación que cambia a cada día:
que te vilipendien ignominias hoy;
mañana habrán de adorarte la victoria:
¡Así de falsos somos,
convenencieros,
oportunistas!

Y es que nadie sabe en realidad
lo que presumen en su sabiduría...

¿Por qué hacer caso,
entonces, a tal ignorancia?

La sabiduría se descubre
por vicisitudes propias
y el respeto se gana
cuando el honor no se pretende...

¡Lo que sangra es el orgullo,
mas la dignidad así se crece!
El uno es la absurda pretensión
de satisfacer a un pueblo insatisfecho;
el otro es la superación de uno mismo...

¡No seas cobarde por tus fallas,
pues lo que crees como falta
no es ninguna culpa
sino un tiempo impreciso
en un espacio inadecuado!

Erramos para aprender a ser mejores
así como caemos para levantarnos,
mas si hay terror en caer
jamás se avanza,
y quien no camina
tiene absurda toda meta...

La gente alrededor nuestro
no está para reprimir el intelecto
sino para admirar aquel reflejo
de la seguridad en nuestros retos...

¡Coraje, hombre,
coraje!

¡Valía, varón,
valía!

¡Seguro siempre ante la vida!

En un mundo de cobardía y de putos,
la osadía hace del mundo su puta.

¡Transforma tu presente
y vuélvete futuro...!
¡Enfrenta al mundo!
¡Véncele! ¡Tómalo!
¡Subyúgalo!
¡Te pertenece,
es todo tuyo!

Literatura de mi muerte

Literatura de mi Muerte

¡Maldita aquella vez
en que quise concebirte,
abyecto y degenerado poeta,
engendro demoníaco!

¡Maldigo con tanta furia,
esa ocasión en que te vi
como reflejo de perfecta madurez,
con tal ingenuidad ante el ensueño
tan estúpido, tan utópico,
tan platónico y ficticio,
pero finamente decorado
tras el viscoso y áureo bitumen
de condecorados y admirados versos
pintados entre vapores holográficos
de un falaz augurio ilusorio…
ahora más un arrullo mortuorio…!

¡Te odio por dejarme amarte,
pero más a mí por dejarte amarme
con ese aberrante amor tuyo
que no ama, sino pretende solamente,
y que afirma que no menor a la verdad
es lo que forra a tus delirios amorosos,
como si fuera mentira que lo veraz
es mismamente una falacia con disfraz…
como si hubieran soportes para la locura,
y además hieres y zahieres,
me insultas y te indultas,
por ella me ofendes,
con ella te defiendes
y en ella te escudas,
y a través de ésta te excusas
con la dialéctica que muestra a la insensatez
como la sensatez de la individualidad humana,
y luego pretendes demostrar la razón de aquello
a través de su exacta condición estulta,
cual si la demencia tuviera su lógica en la cordura
y que a la vez eso comprueba la inexistencia de la juiciosa mente,
pero ni siquiera esa paradoja tiene un sentido para serlo,
ni hay virtud en probar una irrealidad a través de una realidad abstracta,
no hay prudencia en lo loco ni así viceversa…!

¡Además, tu estulticia no tiene una naturaleza humana,
sino raíces de una dimensión de penumbras hollinadas
y lóbrega ventisca ponzoñosa con lúgubres efluvios prejuiciosos!

¡Te detesto tanto, escritor canalla,
impúdico ente y cobarde seductor!

¡No te bastó llevarte el aliento de mis sueños,
ni la inclemencia del estupro a mi inocencia,
tampoco suficiente te fue transfigurarme la moral,
ni siquiera el doliente orificio de mi palpitante a tu plugo satisfizo,
jamás colmaste tus carnívoros deseos con mi aflicción de soledad
y nunca te llegó el hartazgo tras vaciar mis prioridades y valores…
luego, ese insaciable canibalismo tuyo terminó por consumirme
los deseos, las pasiones y todo motivo,
después, aquella sed inmunda y esas vampíricas fauces
sin sigilo, desangraron el néctar de mis sonrisas y alegrías
y bebieron toda lágrima de mi alma…
para que no fluyera un llanto
que vertiera sales de consuelo o esperanza
o un deshidratado cansancio soporífero al dolor…
finalmente, ya seca mi fútil y carnosa funda,
aunque materialmente intacta
y orgánicamente saludable,
y ya sin nada bueno,
incapaz de nutrir una razón,
mi existencia acabó sin vida,
pues lo único importante y esencial de subsistir
no se encuentra sobre los suelos de este mundo,
ni por debajo de sus rocas, ni en esas ráfagas ventosas,
tampoco entre el vaivén de sus vinosos pontos,
o cualquier galáctico rincón del universo,
conque el cuerpo es mero puente
que encarna al ser en el planeta,
mas el núcleo sustancial
es invisible e intangible,
aunque no ininteligible,
en tanto que no es el ser que tiene vida
ni es de ella dependiente en realidad,
pero es el ser la justa vida y la vida está en el ser…!

Y ahora tú, pedante novelista,
tú que fuiste epifanía y arcángel
en mis veranos más lozanos,
tú que me prometiste maravillas
pero fuiste mi ladrón de fantasías,
embustero de mi vaticinio,
devorador de júbilos y beodo de sollozos;
tú, astuto sinvergüenza,
cabrío del Malebolge
enmascarado de poeta,
tú, que me profanaste el corazón,
que me hiciste marioneta,
siervo de tus planes
y prostituta de tus letras,
tú, ya por fin maduro,
versado y loable literato,
hoy que a vuelapluma
van tus dedos salpicando
algunos raudos sonetillos
y vienen luego refinando
estrofas luengas y atinadas,
tú, finalmente experto
en versificadas narraciones,
cuentista y novelista,
filósofo ensayista
y, por supuesto,
tú, orgulloso reflejo
complacido del espejo
que en susurros y flirteos
atrae a tu oído atento
y con murmullos quedos,
te bautiza luego
como poeta excelso,
y aquí tú, de soberbio reino,
y allá tú, de arrogante imperio,
te insuflas tu propio ego…
(¡Qué patético criterio
y tal orgullo tan enfermo!)
Tú, que tanta admiración
presumes merecer
cada que plantas
unos signos de lenguaje
en un pedazo de papel
y además que se te deben
corona áurea y verdeante laurel
por tu apremiada sencillez
con que marchan tus yemas
seguras, parejas y precisas
al dictado de tu ingenio engreído…

Tú, imbécil letrado,
ahora que has usurpado
el poder de mi persona,
en este momento
que me has destrozado,
y luego esclavizado
las conductas de mi cuerpo,
aquí que me tienes atrapado
en un limbo deplorable
de existir sin una vida
o de vivir sin existencia,
hoy que al fin hemos logrado
ser ese afable escritor
de libertad prosaica
y aguzadas rimas,
ahora que me has orillado
a creer sin mucha duda
que la condena está en la vida
y en la muerte el albedrío;
tú, amado enemigo mío,
sentado en esta silla
dura y noguerada
de pronto te ves petrificado
sorprendido en tus intentos
de labrar una palabas,
y entonces me avientas tu mirada
con un paralizado atisbo
que ya no es frío
sino ahora tibio,
y adivinando tu consciencia
(o la mía o la nuestra)
hay un miedo que percibo
que viene veloz
e igual creciente
y sabes que es atroz,
imparable le presientes,
y ya no es miedo sino horror,
sientes pánico y terror,
y no obstante que deviene
no figuras qué es aquello,
no formulas ni una hipótesis,
ni teoría o siquiera pista alguna,
acaso es aquella incertidumbre
lo que amedrenta a tu emoción…
Y entonces tengo tu visión,
por primera vez me miras,
y me encuentras importante,
o más aún, te soy necesario,
me transformo imponente,
ya así, aunque te apoderes
de mi piel y de mis huesos
ya si fuera infinito
todo ese poderío,
no obstante que sea yo
el miserable subyugado,
es en este instante
de tan sólo verte
que se pone el yugo
en la palma de mi mano…

Ya se acerca la bestia,
querido escritor…

Ya casi está aquí…

Tus intrínsecos ojos,
más dóciles y tiernos
a cada paso del tiempo,
me gritan afónicos
urgiendo algún auxilio…

Como si yo supiera…
Como si yo pudiera…

Acaso por mi calma
asumes que algo tengo
o presumes que algo sé,
pero nada guardo,
tan sólo aguardo,
al igual que tú…
Mas la diferencia
está en la consciencia
pues tú te llevaste mi vida
pero me sembraste indiferencia…

¡Ah! ¡Eso es,
adorable poeta!
¡Es aquello lo que viene…!

Es la calcañar fúnebre
que retiembla nuestro agüero…

Queda claro todo ahora:
la literatura es el filo
de la guadaña de la Parca,
y si perínclito el autor,
más funesta la tajada…

¡Seas bienvenida,
vida de mi muerte!

¡Bienvenida tu suerte,
muerte de mi vida!

Pablo, El Mosquito


 
Érase una vez un pequeño mosquito llamado: Pablo. Y aunque todos los mosquitos son pequeños, en realidad no caemos mucho en un pleonasmo en relación a lo antedicho, ya que Pablo era un mosquito considerablemente más pequeño que los demás de su género y clase…

 

Desde temprana edad, Pablo siempre resultaba ser de los primeros cinco miembros de la fila (por estaturas) que hacían los de su salón de clase cuando sonaba la chicharra para iniciar un nuevo día escolar.

A veces (una vez cada mes, para ser precisos), la escuela unificaba en una sola fila a todas es’otras de los distintos grupos del mismo grado escolar. Era en esa ceremonia donde se paseaba la escolta que marchaba pareja (a veces) con la oriflama del instituto y el estandarte con el escudo de “La Tres Veces ‘H.’” Ciudad Mosquito. Se cantaban himnos escolares y patrios con una disciplina intermedia (más bien vaga) y donde las ciencias aritméticas de este mundo parecían enloquecer en cuanto a la incongruencia de la suma imposible de los porcentajes del interés público (0.001%) y el aburrimiento del mismo (207.90%).

Sea como sea, cuando esto sucedía, Pablo se emocionaba discreta y silentemente, pues en ocasiones llegaba a ser hasta el número ocho de su fila; además que le daba cierta calma y pavoneo ver a todos eso’tros “enanos” en las filas laterales… Era como si ese día pudiera ver un poco más hacia el horizonte sobre aquellas cabezas bien peinadas (la mayoría), de modo que cuando esto sucedía, Pablo contaba en su mente cuántos escalones era capaz de vislumbrar desde su posición… A veces siete, otras ocho  y en un par de rachas de mala suerte seis (incluso en uno de sus peores días, sólo cinco). Siempre, una vez ya formado, solía pararse de puntitas de repente para ver un mayor número de escalones, como si esa fuera una motivación envidiable para “crecer” más… Nuestro personaje sabía bien que el total de escaleras de aquella escalinata era de diez, y siempre que alcanzaba a ver una fracción del noveno escalón, suspiraba hacia sus adentros: “Algún día, Pablo… algún día…”.

 

El abuso escolar no tardó en comenzar: primero le llamaban por su nombre: “Pablo”, pero no tardaban en llamarle “Pablito”, y finalmente “Palito”, lo cual resultaba muy gracioso para la mayoría en el sentido en que “Pablito” era ciertamente tan delgado y pequeño como un “palito”…

En una ocasión el maestro de clase no pudo contener la risa cuando uno de sus compañeros le hizo la broma de “Palito” en voz alta… Luego es bien sabido que con el gato de aliado los ratones hacen hasta nidos… No hubo uno sólo siquiera en el salón de clase que no hubiera formado parte del cuasi-aquelarre burlesco. Y no obstante que el pobre de Pablo sintió como su sangre (o la poca que había desayunado) comenzaba a hervirle desde las entrañas por aquello del coraje y el sentimiento de impotencia de no poder abofetear a “su majestad” el perínclito-estúpido Maestro, Pablito logró contener la calma…

La pequeñez de Pablo le brindaba pocos amigos y mucha soledad, lo que hizo que se convirtiera en un mosquito muy introspectivo y reflexivo: gustaba de leer (en especial “mosquilosofía”), de modo que, sin quererlo mucho, la paciencia se había convertido en una de sus virtudes. Así, luego de que el salón hubo por fin callado, “Palito” se levantó de su silla y dijo abiertamente…

 

“Se ríen de mí por ser pequeño, ¿no es cierto…?”

 

Los más cínicos y descarados asentían como podían mientras seguían riendo un poco y por momentos: como si fueran los espasmos tras el síndrome del payaso…

 

“Y es que, ser pequeño me convierte en alguien diferente, ¿cierto…?”

 

Los espasmos continuaban…

 

“Si conocieran la historia de gran chaparro de Napoleón Mosquiparte…”, se dijo para sus adentros…

 

“Bien…”, pronunció firmemente y dirigiéndose a todo aquel presente, “Pues sepan que lo que me hace diferente no es el hecho de que sea yo pequeño, sino el hecho de que algo tan pequeño pueda circunscribir un potencial tan grande como el mío… Por ahí se dice que la risa es uno de los disfraces más comunes del miedo… Así que quizá ustedes, sin darse mucho cuenta, ríen por miedo más que por burla… Quizá sea precisamente mi pequeñez lo que me descubrirá como alguien grande, ¿no lo cree así… maestro?”

 

En ese instante el salón entero parecía de luto: no podía escucharse ni el bolígrafo que cayó desde la boca de uno… Y es que, sea como fuere, la respuesta de Pablo, si bien no infundió mucho miedo (nada), había, cuanto menos, logrado apagar la burla.

 

Los estudiantes volvieron a llamarle “Pablo” durante un tiempo, hasta que los más allegados le decían “Pablito” nuevamente, aunque ahora se trataba de un diminutivo de aprecio más que de una burla. Lo que sí fue seguro es que nunca nadie volvió a llamarle “Palito” (más por respeto a su conocimiento ininteligible que por miedo).

 

Poco a poco el conocimiento y la sabiduría de Pablito le fueron ganando el respeto entre los que le rodeaban.

 

En una ocasión uno de sus adversarios intelectuales quiso tentarlo al exigirle que definiera al amor, y es que, parecía lógico que cualquiera que fuera su respuesta le ganaría el descontento de muchos, pues muchos no creen en el amor, pero casi todos satanizan cuando alguien habla de desamor…

 

Pablito, tranquilo, contestó, “Se sabe que se ama a alguien cuando no existe necesidad (ni propósito, para tal caso) de justificar las acciones propias frente a aque’s’otra alma…”

 

La respuesta no hizo más que ganarle popularidad y afecto, y el pequeño mosquito comenzó a sentirse como un pequeño GRAN mosquito… Y la gente los insectos alados lo procuraban cada vez más… y más… y no tardaron todos en llamarle Don Pablo…

 

Un día, justo después de conocer a la mosquito de su vida, cuando más feliz parecía estar Don Pablo, se le escuchó responder luego de que alguien le saludó por su nombre de pila, “Díganme Don Pablito, por favor…”

 

Pablito se alejó volando abrazado de su pareja y todos los presentes sonrieron sinceramente. Luego, de la nada, llegó un viento envuelto en una ráfaga de insecticida proveniente del Hueste, y todos por ahí murieron, y “La Tres Veces ‘H.’” Ciudad Mosquito no pudo jamás alcanzar su cuarta “H”…

Las Angustias de Dios: Volumen 2 (Capítulo II)


Capítulo 2

Ella me guiñó el ojo… Fue ELLA quien lo empezó todo… ¿Qué habría de hacer alguien como yo ante esa mirada, ante ese guiño, ante esa despampanante sonrisa suya…?



Recuerdo muy bien  ese día, y es que, ¿cómo olvidar ese momento tan mágico que terminó por llevarme a… a donde estoy ahora…?



Me encontraba caminando hacia el pequeño “Abarrotes Lucy” que estaba al doblar la cuadra del edificio en donde yo vivía, en la colonia Narvarte de aquella podrida metrópoli que llaman Ciudad de México. Iba con la intención de comprar algunos víveres para “tener algo qué comer” en casa.

Mis ingresos provenían mayormente de dar clases de piano a niños y adolescentes y de impartir clases de inglés a un pequeño grupo de señoras que, más que ir a aprender inglés, iban a chismear… Pero me pagaban por ello, y ellas nunca me pidieron que fuera exigente con ellas… Yo sólo compraba el café y las galletas para la reunión y me sentaba en un cómodo sillón y ellas en sus ya escogidos lugares; luego hablábamos un poco en inglés y ponía sobre la mesa algún tema polémico para que aquellas discutieran… Luego ellas echaban rienda suelta a su charla y yo me limitaba a corregir y, de vez en vez, deteníamos un poco la conversación y, en un pequeño pizarrón blanco y usando un par plumones, explicaba algún tema gramatical.

En realidad era más trabajo encontrar un tema nuevo para cada clase, y francamente había ocasiones en que no planeaba absolutamente nada: sencillamente empezábamos a hablar y ellas terminaban escogiendo sus propios temas, después de todo, las mujeres, a diferencia de nosotros los hombres, siempre tienen algo de qué hablar… algo qué decir… algo qué balbucear… algo qué llorar e infinitas cosas para compartir, reír y sonreír… Se sentía bien tener una reunión sana con aquellas doñas y, además, ser pagado por ello…



En fin…



Me encontraba caminando tranquilo, ensimismado (como siempre), dando pequeños atisbos al mundo… En realidad, aunque suelo tener un humor bondadoso y pacífico hacia el mundo, me encontraba fastidiado con la vida, tal y como me había sentido día tras día desde hacía algunos años ya… Odiaba la existencia, odiaba al mundo y a su gente; vivía sin querer vivir, pero era demasiado cobarde como para ponerle fin a mi sufrimiento quitándome la vida. Tal vez, aún a mis sesenta y tres años de edad, esperaba algo del mundo, alguna oportunidad o algún giro de buena suerte… Y algo así fue lo que sucedió…



ELLA fue lo que sucedió…



Su nombre era…



No, aún no habré de decirlo… Permítanme hablarles un poco más sobre aquélla que cambió el rumbo de mi cordura antes de revelar su dulce nombre…



Iba yo, repito, caminando por la calle cuando, súbitamente, justo al doblar la esquina, se me apareció de frente un “algo” que, estrellándose contra mí, me volcó al suelo…



–¡Pero qué… qué chingaos! –grité enfurecido, mas al mirar hacia arriba y ver esos dulces ojos verdeantes suyos, me tranquilicé y cambié mi humor más rápido que un perro, y sonreí idiotizado–.

–¡Perdón! –dijo ella con la más angelical de las voces –.

–A esa mirada le perdono cualquier cosa –dije de pronto, así, sin pensarlo siquiera y ella sonrió; luego se puso de pie–.



Yo me incorporé y me sacudí las ropas…



–¿Está bien? –preguntó ella –.

–¿Quién? –respondí –.

–Pues… ¿Cómo que quién? Pues, usted…

–¡Ah! Perdón, es que no estoy acostumbrado a que me hablen de “usted”; entiendo mejor si me hablas de “tú” –ella sonrió ante mis disparates –.



Nos callamos por un  momento, y en ese segundo la estudié de pies a cabeza, y ese mero instante me bastó para enamorarme de por vida…



Tenía el cabello enchinado y era de ese pelo en que todo hombre quisiera pasear su mano, sus dedos, su nariz… Tenía una mirada radiante, llena vigor, de esperanza, de felicidad, de juventud… Ella era joven… Demasiado joven para mí… Era apenas una niña con cierto desarrollo de mujer… ¿Cuántos años tendría…?



–¿Cómo te llamas? –cuestioné –.

–Mi nombre es… Mica… Y, ¿el tuyo…?

–Yo soy Leonardo… Leonardo Cifuentes… para servirte…



Ella me guiñó el ojo, sonrió de un modo coqueto y se alejó en sus patines negros… Yo le seguí con la mirada, hipnotizado, idiotizado… Ese pelo… Ese viento que lo balanceaba… Esa cintura, esa cadera, ese trasero y ese maravilloso ‘sport-outfit’ que le cubría los enigmas más orgásmicos que bien poseía esa niña… esa cuasi-mujer que, desde lo lejos, volteó de nuevo hacia mí y se despidió de mí moviendo la mano y sonriendo nuevamente…



“Adiós, ángel mío…”, pensé; luego continué mi camino hacia la tienda…





Las Angustias de Dios: Volumen 2 (Capítulo I)

"Las Angustias de Dios" 
Volumen 2: El Gran Huracán de Saturno

PRIMERA PARTE:
Un amor abismal


CAPÍTULO I.

Dicen que el amor no se busca, sólo se encuentra, que simplemente sucede, ocurre de pronto como un saetazo veloz que parte el orgullo de los hombres y deshace los rencores de las mujeres…
¿Será cierto…?
Y, si sí, ¿habrá un amor para cada uno en este mundo…? ¿Será que en realidad sólo existe una persona en este mundo que posea el alma suficiente para acoplarse de un modo perfecto a nuestra sola alma…? ¿Pudiera ser que, entonces, sea certero hablar de un amor-a-primera-vista? ¿Será, entonces, que el amor existe como una clase de feromona que nos permite saber inmediatamente si ambos ADN’es son compatibles y precisos para durar juntos toda una vida o, quizás, toda una eternidad…? ¿Existe el amor… o será que es, simplemente, la costumbre entre parejas que deviene de aquella esperanza de querer perpetrar la lucidez de un enamoramiento efímero…?

Alguien como yo, pudiera hablar de amores… Pero creo que, más que “amores”, debo hablar de “desamores”… Quizá sólo los ancianos que han sido parejas desde décadas atrás tengan el derecho (y el verdadero poder) para exponernos sobre el tema del amor…
Pues bien, yo no vengo a exponer sobre el amor, yo vengo a elaborar hipótesis sobre él, pues yo no soy más que un solitario, un lobo estepario…

Pero, ¿qué tal que un día, cansado de mi soledad, se me aparece algo divino e inefable que me brinda una nueva esperanza de vida, un motivo de existencia…?
¿Y qué si dicha salvación sólo pudiese llegar de un modo prohibido, ilegal…? Es como si un moribundo comprara un órgano en el mercado negro para recobrar su vida, sus sueños, sus ilusiones, sus logros… ¿Quién podría, entonces, juzgarle…?
Además de las normas legales (y sin hablar de religiones), ¿qué es realmente lo que nos impide matar a alguien más para sobrevivir…? ¿Qué nos detiene para robar un corazón…? ¿Qué nos impulsa, por otro lado, a romper un corazón…? ¿Será mero recato, un impulso, un instinto… una conciencia… un alma? Si es así, entonces los perros, conociendo de arrepentimientos, también tendrían un alma… y sería, quizás, mucho más transparente y limpia que aquella de los hombres…
Pero, en fin…
Mi vida llegó a un punto en donde hube de decidir entre vivir humillado y señalado o morir con un honor desconocido. Yo seguía vivo, pero mi alma estaba muerta ya, y para revivirla, necesitaba una salvación… una salvación que sería prohibida por el mundo y su gente…
Yo fui víctima de mi propia salvación, pues mi redención era mi propio verdugo. Yo era una tragedia griega viviente.

¡¿Por qué yo?!

Tal vez soy el hijo no deseado que parió el Universo entre las sábanas de la Desgracia… Quizás soy algo así como la exquisita manzana dorada de Eris o un diminuto gran error de la Naturaleza.

Soy un superviviente en un mundo desconocido, el último de una raza extinta, un humo desapercibido, una espora del desierto atrapada en un bosque de hielo, algo raro y un tanto gracioso, pero astuto y peligroso como una bomba de tiempo; algo improbable pero prueba viviente de ser posible o, quizás, sólo una leyenda sin renombre, un mito silente…

Ahora que ya me he introducido como el hombre que soy (o que fui), ahora me introduzco por mi nombre que es… Leonardo Cifuentes, aunque algunos cuantos me conocen como “El Gran Huracán de Saturno”…

Lo que he de contar a continuación trata sobre los episodios de mi vida, tal vez los más feroces y descabellados, los más inauditos e increíbles, y los más divinos y jugosos de mi larga vida…


El lector se digne de entender los acontecimientos como mejor juzgue su plugo; es decir, cada quien que le entienda como pueda y cada uno juzgue dependiendo del color de su alma…

Y, sin más preámbulos…


La historia comienza en un miércoles cualquiera, por la tarde…

¡Oh! Tú, lindo pedazo de carne…

¡Oh! Tú, lindo pedazo de carne…

Eres nada para mí,
absolutamente nada…
Nada necesaria,
nada en importancia,
ni querida ni buscada,
nada prioritaria,
nada de la nada…

Esos juegos que pretendes
para enredarme en esos hilos
que se penden de tus dedos,
no son más que unos cuchillos
de madera sin un filo,
sino más estupideces
que te brindan risotadas
y con eso se me afirma
que eres joven y jovial,
linda y bien fogosa,
pero tonta y risible,
ridícula e influenciable,
tonta reina de actitud,
una simple hermosura
grabada en un retazo
de la carne de los seres…

Bella niña mía,
ríete y  búrlate de mí,
que yo me río bien sonoro
de lo idiota que te vez
intentando aleccionar
al viejo burro sabio,
pues siendo burro sé muy bien
que el cortejo de elegancia
es estrategia para el sexo
y no pretensión de algún amor.

¡Arre, tú!, poco amada mía,
vete pronto ya de aquí
que mi agenda de contactos
se me quema en los bolsillos

y la noche se me apresta…

Abandonada Amada Mía

Abandonada Amada Mía

Te perdí a ti,
pero he aquí
que también perdí
un sinfín de cosas
y cosas sin un fin…

Perdí las etapas más violetas,
las teñidas de turquesa,
de cenar en una mesa;
y ahora hundido en un colchón
me cobijo en somnolencias…

Soy libre en este mundo
pero aprisionado de ese tuyo,
pues pudiendo ir a doquiera
me mojo en lloros y mil quejas
porque recuerdo tu murmullo
en esa almohada que desvela,
en ese aroma vuelto humo,
en esta locura en mi cabeza
que ha perdido ya su rumbo,
pues te ha perdido a ti,
para siempre y sin refugio,

abandonada amada mía…

Dos breves poemas del libro "Poesía de un Hombre Perdido"

Ahora les entrego dos pequeños poemas, desprendidos del libro "Poesía de un Hombre Perdido", escrito entre mis dieciocho y veintidós años de edad...


Cuando Te Vea

Cuando te vea yo diré, despojando cobardía:
No yo te pienso cada día, mas sí me gustaría,
pues como única mujer yo te veo en vida mía.

Preguntarás pues tú, doncella, con la cara asombrada:
Si tanto a ti mi faz agrada, ¿porqué en razón cansada,
a más preciándome entre estrellas, no piensas en tu amada?
Entonces yo, sabiendo ya mi respuesta, te diría:
Si así lo hiciese, la agonía, jamás soportaría
mi corazón, que triste va caminando en noche fría.

Insistirás, de esta manera, así, cual niña reza:
¿Cuál es aquella vil tristeza, jamás en sutileza,
que ya a mi alma hace que hiera, pensando en mi belleza?
Y finalmente te hablaré, queridísimo amor mío:
Me he encantado cuando pienso que tú siempre me piensas;
muérome al ver, en mi saber, la mentira en lo que pienso.


El Amor Que se Fue

Catolicismo ya adquirí para rezarte una oración,
ayer la historia reviví para yo darte hoy mi versión,
cientos de textos yo leí para atraer tu admiración,
y mil poemas aprendí para apresar tu corazón.

¡Ay! Yo instruíme, musicalmente en noche y en día,
para rendirte, con cantares, sutil melodía;
glosa escribí de tus andares de triste agonía,
mas ¡ay! la mía no apagar puedo, hoy, todavía.

Bien, yo te busco ahora, moza,  para darte lo que sé,
pero mi júbilo se ahorca cuando en alguien te miré;
mas aunque siga la avaricia mía en pie por tu querer,
en hoy ya sé, amada fría, que tu amor ya se me fue.